La parábola de los talentos es una de las historias más conocidas de Jesús y una de las peor recordadas. Unos la reducen a una charla de productividad, otros a una alegoría tan espiritual que el dinero de la historia desaparece. Vale la pena leerla completa y despacio, porque es una historia sobre dinero de verdad, contada por Jesús, y su golpe final no cae donde la mayoría espera.
Un dato para situarte: un talento no era una moneda, era un peso enorme de plata, el equivalente a muchos años de jornal de un trabajador. El amo de la historia no reparte propinas. Reparte fortunas.
El reparto
Así empieza la historia, en Mateo 25:14-15:
Porque el Señor obrará como un hombre que, yéndose a lejanas tierras, convocó a sus criados y les entregó sus bienes. Dando al uno cinco talentos, a otro dos, y uno solo a otro, a cada uno según su capacidad, y marchóse inmediatamente.
Dos detalles antes de seguir. Primero, los bienes son del amo: los criados administran lo que no es suyo. Segundo, el reparto es desigual a propósito, a cada uno según su capacidad, y la historia no pedirá lo mismo a los tres. A nadie se le va a juzgar por los talentos del otro.
Sigue el texto, en Mateo 25:16-18:
El que recibió cinco talentos fue, y negociando con ellos, sacó de ganancia otros cinco. De la misma suerte aquel que había recibido dos, ganó otros dos. Mas el que recibió uno, fue e hizo un hoyo en la tierra, y escondió el dinero de su señor.
Los dos primeros hacen lo mismo: negocian, trabajan lo recibido. El tercero hace un hoyo. En su época, enterrar dinero era la forma más segura de custodiarlo: no lo robó, no lo malgastó, no lo perdió. Lo congeló. Guárdate ese detalle, porque la parábola va a juzgar precisamente eso.
El día de las cuentas
La historia salta en el tiempo, a Mateo 25:19-21:
Pasado mucho tiempo, volvió el amo de dichos criados, y llamólos a cuentas. Llegando el que había recibido cinco talentos, presentóle otros cinco, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; he aquí otros cinco más que he ganado con ellos. Respondióle su amo: Muy bien, siervo bueno, siervo diligente y leal; ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho; ven a tomar parte en el gozo de tu señor.
Y con el segundo, exactamente igual, en Mateo 25:22-23:
Llegóse después el que había recibido dos talentos, y dijo: Señor, dos talentos me diste; aquí te traigo otros dos que he granjeado con ellos. Díjole su amo: ¡Muy bien, siervo bueno y fiel!, pues has sido fiel en pocas cosas, yo te confiaré muchas más; ven a participar del gozo de tu señor.
El del cinco duplicó cinco; el del dos duplicó dos, y las felicitaciones son idénticas, palabra por palabra. El amo no premia el monto, premia la fidelidad en el trabajo de lo recibido. Y a los dos les dice algo que descoloca: fiel en lo poco. Cinco talentos eran una fortuna, y aun así el amo los llama lo poco, porque lo comparado no es el dinero con el dinero, sino el dinero con el gozo del señor. Jesús enseñó esa regla también fuera de esta historia, en Lucas 16:10:
Quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho; y quien es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho.
El siervo del miedo
Llega el tercero, y con él el corazón de la parábola, en Mateo 25:24-25:
Por último, llegando el que había recibido un talento, dijo: Señor, yo sé que eres un hombre de recia condición, que siegas donde no has sembrado, y recoges donde no has esparcido: y así, temeroso de perderle, me fui y escondí tu talento en tierra; aquí tienes lo que es tuyo.
Escucha su explicación, porque es un autorretrato en dos líneas. Primero, su imagen del amo: un hombre duro, injusto, que cosecha lo que no sembró. Segundo, su móvil, dicho por él mismo: temeroso de perderle. El tercer siervo no era un ladrón ni un derrochador. Era un hombre paralizado por el miedo, con una idea torcida de su señor. De esa imagen falsa salió su parálisis: al que ve así a su amo no le nace trabajar para él, le nace protegerse de él.
La respuesta del amo
La réplica es de las más duras de los Evangelios, en Mateo 25:26-27:
Pero su amo, cogiéndole la palabra, le replicó y dijo: ¡Oh siervo malo y perezoso! Tú sabías que yo siego donde no siembro, y recojo donde nada he esparcido. Pues por eso mismo debías haber dado a los banqueros mi dinero, para que yo a la vuelta recobrase mi caudal con los intereses.
Fíjate en qué lo condena. No lo llama ladrón: lo llama perezoso. El amo le coge su propia palabra y le muestra que ni su excusa se sostiene, porque hasta con miedo había una opción de mínimo esfuerzo, los banqueros y el interés. El talento devuelto intacto no era inocencia: era trabajo negado. En esta historia, la pasividad no es neutra. Es la falta.
Y viene la sentencia, en Mateo 25:28-29:
Ea, pues, quitadle aquel talento, y dádselo al que tiene diez talentos. Porque a quien tiene, dársele ha, y estará abundante o sobrado; mas a quien no tiene, quitarásele aun aquello que parece que tiene.
Lo no trabajado se pierde, y se pierde hacia el que sí trabaja. Suena duro y es simplemente la mecánica de todos los dones: el músculo que no se usa se atrofia, la habilidad que no se practica se olvida, el dinero enterrado se lo come el tiempo.
Qué enseña la parábola, en cristiano y en práctico
Primero, lo obvio que solemos saltarnos: Jesús cuenta con naturalidad una historia donde negociar, ganar y poner el dinero a producir interés es lo que hacen los siervos buenos. La parábola no santifica la codicia, pero desactiva por completo la idea de que trabajar y hacer crecer los bienes sea indigno de un creyente. Lo indigno, aquí, es enterrar.
Segundo, la parábola es más grande que el dinero. Los talentos son todo lo recibido: capacidades, años, bienes, oportunidades. Nada de eso es tuyo en propiedad; todo es del amo, entregado para ser trabajado, y habrá un día de cuentas. La medida no será cuánto recibiste, porque el reparto fue desigual a propósito. La medida será qué hiciste con lo tuyo.
Y tercero, la raíz que la historia deja al descubierto: el enemigo del siervo no fue la incapacidad, fue el miedo alimentado por una imagen falsa del señor. Es la advertencia más honda del texto. Dime cómo te imaginas a Dios y te diré qué haces con lo que te dio: el que lo cree un capataz injusto entierra y se defiende; el que lo conoce como es trabaja, arriesga lo razonable y termina escuchando la frase para la que se escribió toda la historia. Ven a tomar parte en el gozo de tu señor.
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Todas las citas provienen de la Biblia Torres Amat, traducción católica de dominio público (1823-1836), cotejada palabra por palabra con la edición impresa de 1884. Los salmos siguen la numeración de la Vulgata, la de las Biblias católicas. Cada cita lleva libro, capítulo y versículo para que puedas comprobarla en tu propia Biblia.
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